
La vida se sostiene por pequeñas reciprocidades que dialogan todo el tiempo: la tierra con el agua, la abeja con la flor, la quebrada con el pez, las raíces con las hojas, el café con lo sagrado.
Lo innato no es romper, es conectar. No es aislar, es vincular.
El error humano está en creer que algo es maleza, cuando todo es correspondencia vital.
Hace falta invocar el silencio y alistar el corazón para entender a la naturaleza como una farmacia viviente, como un Lucus gigantesco.
Tuvo que llover.
Tuvo que asomarse el sol.
Tuvo que cantar la chicharra.
Para que el grano de ayer, sea el café de hoy.
Tuvo que querer la semilla.
Tuvo que oler a montaña.
Tuvo el mundo que acomodarse, con hilaridad poética, para que todos tengamos un lugar.
Es momento de recordar que nada existe en soledad.